Entre las artes plásticas y los lenguajes publicitarios ha habido un juego de atracción y rechazo que, si corre con suerte, culmina en una especie de unión libre o de pareja abierta, muy abierta. Ambos se han beneficiado mutuamente, aunque a veces no se sepa dónde comienzan las unas y dónde terminan los otros. Mientras los lenguajes publicitarios tienen cada día más acceso a la galería y al museo de arte, el arte parece cada día más ansioso de ganar los dominios de la publicidad.
Y es en esta encrucijada que Héctor de Anda ha situado el sujeto de su pintura en los últimos años. Si al abordar anteriormente como tema pictórico el decaimiento físico de los anuncios “espectaculares”, parecía que éstos eran modelos que al envejecer se abstraían hasta lo sublime, hoy el interés de De Anda es más profundo y, curiosamente, más espectacular. Como las últimas opciones del arte que cuestiona sus propias estructuras de lenguaje y de percepción, De Anda ha afrontado el enigma de la desconstrucción de la imagen y, con ello, de la ilusión de realidad, centrándolo en un fenómeno particular del lenguaje visual, aquél representado en su pintura por los momentos de transición de los espectaculares de un anuncio a otro, en que se acostumbra desarticular la imagen y redisponerla de modo que sea ilegible. Estas suertes de enormes sopas de dominó, tan comunes en las ciudades y las carreteras, han sugerido a De Anda que, incluso la imagen incoherente, se rige por un código que, por cierto, no es muy distinto de los códigos secretos del espionaje internacional, y por ello igualmente intrigante.
Este proceso de “ilegibilización” o de encubrimiento, que equivale a desarmar y exhibir los artificios de la seducción de la imagen, paradójicamente ejerce su propia fascinación, pero ahora en el campo de las posibilidades de conmutación del lenguaje en pos de nuevos significados. La forma y la figura que al fragmentarse se torna abstracta y los letreros que al desarticularse revelan la pureza expresiva del signo liberado del rigor gramatical, son los elementos de la pintura de Héctor de Anda, manejados por una imaginación compositiva que desborda a sus modelos y amplía las posibilidades de seguir enigmando y despertando el deseo, que ahora sí se cumplirá, pero en el campo pictórico exclusivamente.
Pedazos de letras y de números, raros casamientos entre formas fragmentarias, uniones y oposiciones “incoherentes” entre colores, son presentados por de Anda como piezas regulares de rompecabezas, tan fascinantes como el desafío de adivinar su sentido original, así como el de especular sobre la resignificación del proceso de desconstrucción-reconstrucción. Y lo más gozoso, dando la oportunidad al “consumidor” de crear su propio antianuncio, tantas veces como las probabilidades de combinación de sus partes, o sea, casi infinitamente.
Luis Carlos Emerich