Héctor de Anda prepara una operación funambulesca que quizá puede comprenderse como metáfora de transición de un sistema a otro. El miedo a las alturas se revierte en un proyecto de intervención con el que de Anda busca desestabilizar el mismo espacio , publicitario urbano, los espectaculares que penden sobre nuestras cabezas de transeúntes expeditamente seducidos.

Filigrana de una ciudad que se reconoce moderna, si no en su infraestructura, en los mensajes visuales que opacan los cielos, la trama urbana y los estilos arquitectónicos, la cultura de los espectaculares se ha desparramado de manera fulminante en las capitales latinoamericanas ( y en México en particular ) en gran modo funcionan como simulacro de deseos de un glamour inalcanzable proyectando una segunda (o tercera) ciudad “violada” sobre la real.

No es casual, pues, si Héctor de Anda, quien en su obra pintada más reciente, logró un análisis sobre la forzada ilegibilidad de los mensajes publicitarios sobrepuestos unos a otros en la anarquía de un capitalismo flotante, decida ahora usurpar (y sobretodo, recuperar para el arte) estos espacios que hemos dejado de percibir como “espectaculares”, ya que su misma proliferación los ha vuelto insignificantes, Héctor de Anda se propone aquí una doble operación, por un lado desnaturalizar el territorio mismo de la publicidad al interferir con una sola leyenda (“Esto es una obra de arte”), que implica su contrario ( Esto ya no es una contaminación visual más del espacio público”), por el otro, la recuperación del cielo intervenido por el artista en esta paráfrasis aérea y equilibrista de Jackson Pollok, va a resignificar el espectacular en una nueva dimensión: un arte para las masas, como el que soñaba Vladimir Mayakowsky. Cien poemas por una ciudad que olvidó la poesía. Porqué no?

Olivier Debroise
 
 
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